¿Hay alien ahí? La aventura infinita – Mas allá de la mitosfera.
El fenómeno OVNI ha despertado durante décadas fascinación, controversias y certezas enfrentadas. Entre quienes asegura tener respuestas y quienes descartan de plano cualquier misterio, existe también un espacio mucho más interesante: el de quienes prefieren seguir preguntando.
La reflexión que compartimos a continuación transita precisamente ese camino. Una mirada personal de la mano del amigo Fernando Lefevre, sobre la investigación ufológica, la amistad nacida aun desde las diferencias y, sobre todo, sobre el valor de la duda como motor del conocimiento. Porque quizás los OVNIs no solo nos interroguen acerca de qué puede haber “allá afuera”, sino también acerca de nosotros mismos. RICARDO RICCIO.
Conocí a Luis Burgos y a otros miembros de la Fundación Argentina de Ovnilogía hace seis años, cuando hacía un podcast llamado Encuentros con lo Desconocido. Era un programa malísimo, donde relataba casos de encuentros con ovnis y criaturas misteriosas, que gracias a Dios, no escuchó casi nadie.
La posibilidad de hacerlo surgió luego de que se publicara en el diario Crónica la investigación del caso Neuquén y su resolución, trabajo que hice a cuatro manos junto a la periodista de misterios Bibiana Bryson.
Este caso me dio a conocer entre los ufólogos y entusiastas argentinos sobre el tema y, a partir de entonces, comenzaron a adjudicarme la etiqueta de escéptico. No lo era, al menos no en el sentido peyorativo que los creyentes le atribuyen al término.
Pero tampoco es que comía vidrio. Creía, y todavía lo creo, que la investigación de fenómenos aéreos anómalos debe abordarse de manera rigurosa y aséptica, lejos de cualquier pretensión por demostrar un origen extraordinario.
De este modo se asegura, al menos de manera parcial, no contaminar los casos con el famoso sesgo de confirmación.
Ya sé, algunos dirán que el escepticismo también comete a veces el mismo pecado, quizás con demasiada frecuencia. Y es cierto, el escepticismo militante es un movimiento y como en todo movimiento existen excesos e intereses tanto personales como colectivos.
Pero también es cierto que quien se interesa por estos temas llega a ellos movido por la curiosidad y un marcado sentido de lo maravilloso. Nadie en su sano juicio se apasiona por ovnis o fenómenos paranormales creyendo que son simplemente errores de identificación o problemas cognitivos. Uno entra a este mundo buscando la huella que nos dé de narices con las puertas a otra realidad, vedada a nuestros vulgares sentidos.
Por eso el escepticismo, entendido como herramienta y no como un fin en sí mismo, es fundamental para abordar esta temática. Por otra parte, los profesionales del misterio, esos referentes del gran público, necesitan estimularlo, no resolverlo. La X despejada significa el fin de su comercio. Necesitan de una audiencia atrapada en la credulidad, una audiencia sin pensamiento crítico, necesitaba de maravillas.
Frente a este panorama, y mientras lentamente me iba posicionando en él, comencé a tornarme en una figura incómoda para unos y otros. Mis críticas eran vistas como ataques y no como lo que realmente eran, un llamado de atención sobre ciertos vicios que vienen embarullando la cuestión desde hace casi ochenta años.
La dialéctica entre creyentes y escépticos es una grieta falsa, basada en caracterizaciones generales, malos entendidos y una nula intención de comprenderse mutuamente, lo que ha creado un estancamiento que lleva décadas beneficiando solamente a quienes buscan una ganancia económica o satisfacer su ego.
No todos los creyentes son iguales, ni tampoco los escépticos. Es una cuestión de grado. Lo jodido es el fanatismo. Y vivimos en una sociedad que todo el tiempo lo exacerba.
Uno de los primeros que entendió mi postura fue Burgos.
Nuestro encuentro no fue fácil. Venía jalonado por personas de nuestro entorno que pretendían explotar algunas desavenencias y transformarlas en enemistad. A instancias de Marcelo Martinich, un día finalmente pudimos encontrarnos y ese día sellamos nuestra relación, que se caracterizó por ser una relación entre el aprendiz y el veterano investigador que ya llevaba casi cinco décadas tras la pista de los escurridizos ovnis.
Fue en el pueblo de Atalaya, durante una vigilia organizada por la FAO, el grupo que Luis viene comandando desde que lo fundara, allá por 1984.
Supongo que el haber ido a jugar de visitante y sin más armas que mi entusiasmo habrá sumado algún punto a los ojos del viejo pesquisa.
A partir de ese momento comencé a formar parte del grupo, pero manteniendo cierta autonomía. No suscribo a todos sus postulados ni tampoco comparto la seguridad con la que se da por sentado la existencia de un fenómeno. Además de las diferencias obvias e inevitables en el entendimiento de estas cuestiones, en el mundillo ufológico vernáculo, como supongo que pasa en todos lados, somos pocos, nos conocemos mucho y la mayoría están peleados y aliados entre sí para seguir peleados con otros. Yo no heredé las disputas de la FAO con otros investigadores o, en todo caso, desistí bien pronto de pelear batallas ajenas. Ya bastante tengo con las propias.
También han surgido discrepancias en cuanto a lo metodológico, pero estas diferencias, al contrario de lo que podría suponerse, lo que hicieron fue estrechar nuestro vínculo, transformándolo en amistad. Esa amistad se ha extendido a otros miembros de FAO, con los que hemos compartido viajes, congresos, investigaciones, artículos, vigilias y aventuras. Y también a buena parte de la comunidad de ufólogos.
Una amistad basada en la comodidad de compartir razones es una amistad algo chapucera. A mí me interesan las amistades que se sostienen por la calidad de la gente que las profesa, más que por sus opiniones. Los desacuerdos, cuando vale la pena tenerlos, estimulan nuestra búsqueda intelectual y vital. El convenio clausura toda posibilidad de debate, y es en el debate donde las ideas se cuestionan y, de ese modo, se enriquecen o se cambian por otras mejores.
No sé qué es el fenómeno OVNI. De hecho, creo que es una multitud de fenómenos y no uno solo. Ignoro si su origen es mundano o extraordinario. A veces creo una cosa y, otras veces, dudo de lo que creo.
Sé, sin embargo, que los ovnis han producido (lo están haciendo ahora, mientras escribo) un mito contemporáneo que simboliza y proyecta nuestra angustia existencial, nuestra relación con la tecnología y el conocimiento.
Los ovnis, de este modo, nos dicen más sobre nosotros mismos que sobre cualquier otra cosa.
¿Hay algo más detrás de esa mitosfera aguardando ser descubierto?
Lo ignoro, y por eso mismo sigo investigando.
Después de todo, sin ignorancia no hay aventura, y esta, para mí, recién empieza.
Fernando Lefevre
Publicado originalmente en el medio digital “Pensar”
